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Cámara Argentina de Comercio

La escasez de divisas llevó a la creación, hacia noviembre de 1931, de la Comisión de Control de Cambios, la que retenía las divisas ingresadas por los exportadores y las reasignaba en función de “prioridades” a los distintos importadores y otros agentes económicos que operasen con el exterior, iniciando así una era de 60 años de cambios casi continuos en el manejo de la política monetaria del país. Incluso en el año 1934, se desdobló la misma y se aplicó un tipo de cambio diferencial bajo para las exportaciones tradicionales, con brechas de alrededor del 20% entre el tipo “comprador” y “vendedor”, lo que en definitiva configuró, de hecho la primera forma de “retención” a las exportaciones agrícolas.

Cabe destacar como hecho significativo que, a diferencia de lo ocurrido con el resto de los países de América Latina –en particular Brasil, que se presentó en moratoria a la hora de honrar sus deudas-, la Argentina priorizó siempre el pago de sus servicios, lo que le permitiría, aún a costa de postergar la dinamización de la inversión pública, recomponer más rápidamente en el futuro los flujos de crédito externo.

El comercio exterior no sólo estuvo influenciado por el control de cambios, sino también por el protagonismo del Estado como regulador de la producción y comercialización de productos considerados estratégicos.

Es así como en 1933 se creó la Junta Reguladora de Granos, devenida en 1956 como Junta Nacional de Granos, cuyo objetivo inicial era asegurar un precio mínimo de compra a los productores rurales. Ese mismo año nació también la Junta Nacional de Carnes, a efectos de fiscalizar la operatoria del comercio en ese sector; y, más tarde, la Corporación Argentina de Productores de Carne, a través de la cual el Estado actuaba incluso como empresario compitiendo con el sector privado, aunque en condiciones más ventajosas. Esta último organismo dio origen, en 1952, al Instituto Nacional de Carnes, que amplió su intervención sobreregulando toda la actividad del sector.

Por último, la política arancelaria dejó de ser la Argentina exclusivamente un instrumento recaudatorio para convertirse, además, en un elemento de política comercial y de redistribución del ingreso, al reorientar la dinámica del comercio internacional y de la propia producción local, que se había estado edificando hasta entonces.

En el plano del comercio interior, la situación no era mejor, pues los sucesivos controles de precios se sumaban una mayor presión fiscal y la proliferación de inspecciones, a veces en medio de situaciones de virtual desabastecimiento o racionamiento de productos. Ese escenario, en especial durante el período de la guerra, originó un fenómeno casi masivo en la Argentina: las colas de clientes.

A grandes rasgos, se puede decir que la restricción de divisas y el incremento de aranceles para la importación de ciertos bienes indujo un proceso de sustitución de importaciones, el cual configuraría el nuevo modelo de desarrollo que se impuso en el país –en general exacerbadadmente sesgado al mercadointernismo- hasta mediados de la década del ´70, cuando, por diversos motivos, también colapsó.

En efecto, el escenario de un mercado de tamaño considerable, cerrado y protegido, virgen de competencia en casi todas las ramas productivas, si bien generó el establecimiento de varias industrias, no tuvo la capacidad de inducir un proceso empresarial de búsqueda continua de eficiencia y competitividad en las mismas. Esta omisión sumada a otros problemas en diversos planos –entre los que no escapaba el político-, condenó al modelo a la pérdida de dinamismo al cabo de sus primeros años, y a su lenta agonía en las décadas subsiguientes.

Debe destacarse en 1933 un hecho de particular relevancia para la época, como fue la firma del Tratado Roca-Runciman. El acuerdo señalaba que Gran Bretaña, país que estaba reorientando estratégicamente sus mercados de importación hacia el Commonwealth, garantizaba a la Argentina el acceso de nuestras carnes a ese país (negocio en el que las empresas inglesas eran socias principales), a cambio del compromiso de otorgar al Reino Unido ventajas arancelarias y prioridad de disponibilidad de divisas para cancelar importaciones –en especial de material ferroviario-, pagar intereses y efectuar las periódicas remesas de empresas británicas establecidas en la Argentina a sus casas matrices. El final de la Segunda Guerra Mundial puso en evidencia que el mundo había cambiado y ese cambio afectó a la inserción de la Argentina en él.

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